martes, 15 de enero de 2008

no existe biografía para este autor



Barcelona, verano de 1987

Raúl no lloraba. La voz se le quebraba, los ojos se le humedecían pero nunca le vi derramar más gotas que las gotas de güisqui sobre su amigo muerto. La única vez que vi llorar a Raúl fue por una puta. Tenía las muñecas abiertas y andaba en calzoncillos deambulando de un lado a otro de la casa, como un alma en pena, decorando con su propia sangre las paredes y el suelo de aquel macabro apartamento, repleto de botellas vacías de vino barato y ropa sucia esparcida por el suelo, en el barrio del Clot de Barcelona, donde Alfons Cervera y yo habíamos llegado desde Valencia, conduciendo toda la noche junto a Isabel y Menchu, para llevarlo al Hospital de San Pablo, sin saber si al llegar nos lo encontraríamos con vida o sólo un cadáver.
Pero Raúl todavía vivía, vivía y lloraba porque se había enamorado de aquella yonqui llamada Mari que le había dejado sin un puto duro y ahora le abandonaba de nuevo en brazos de su chulo.

Valencia 27 de diciembre de 1991


Me cito con Raúl en Cavallers de Neu, la barra en donde año tras año le serví todo el güisqui que era capaz de beber mientras me hablaba de fútbol, mujeres y novelas de serie negra, sus conversaciones favoritas. Es mi primer viaje a Valencia desde que hace cuatro meses me fui a vivir a Huelva. Raúl me confiesa que esa misma mañana le han diagnosticado como seropositivo. No hay desasosiego ni desesperación en su relato, apenas una insondable tristeza en la mirada, y un liviano rastro sobre el puente que tanto gusta cruzar, el que conduce del sarcasmo a la ternura y viceversa. Repasa su vida sin derramar una sola gota. Me pide que escribamos un poema a medias, mientras dilapidamos todo el alcohol que nos sea posible. Me confiesa que le hubiera gustado casarse, formar una familia y ser padre. No puedo evitar recordar a su propio personaje, Sinatra. Me dice que apenas conserva fotografías suyas y que le gustaría hacerlas esa misma noche. Marga nos acompaña y trae consigo una cámara de fotos con la que tomamos varias instantáneas ya muy ebrios, donde queda congelado para siempre ese momento de magia y dolor. Marga es el ángel que se ve al fondo de la fotografía. El título del poema lo elige Raúl, una cita de Shakespeare, “El pasado es un prólogo”. El resto es sólo historia.










Huelva, mayo de 1996

Raúl ha muerto. Nadie me llama para comunicarme el fatal desenlace. No hay amigos ni lágrimas al otro lado del teléfono. Lo leo por casualidad en las necrológicas de El País. Una escueta y emotiva nota de Adolf Beltrán y ya. Raúl Núñez, el autor de Sinatra ha muerto. Fue la madrugada del 7 al 8 de mayo. Debió morir al amanecer, la hora de recogerse, la hora de regresar a casa.
Yo también lo hago, vuelvo a casa de madrugada, donde intento reconstruir todo cuanto permanece disperso y perdido entre cajas sin abrir y libros cerrados. Todo cuanto he dejado morir antes que me matara, poniendo tierra por medio, exactamente setecientos setenta kilómetros, los que separan las ciudades de Huelva y Valencia, la misma distancia entre dos puertas que se cierran y se abren para seguir viviendo.
Sus cartas, su poemas dedicados, las fotos para una despedida, su voz en las grabaciones para Radio Klara, la montura de gafas restaurada una y mil veces a base de esparadrapo, su destartalada sonrisa, el acento porteño que nunca le abandonó, las tardes convertidas en madrugadas, día tras día, a base de alcohol y más alcohol, todo - como el dinosaurio de Augusto Monterroso - todo sigue ahí.
Raúl parecía venir de lejos pero en realidad no venía de ninguna parte, o tal vez venía de todas o de cualquiera, qué más da, quizá saltó de algún libro y se coló entre nosotros, parecía que hubiera estado siempre ahí, en la barra del bar, se dejaba llevar por una misteriosa voz interior y se apagaba lentamente en su propia deriva. De alguna manera todo se apaga y sólo el resplandor de los días compartidos es cuanto alcanzamos a recordar, lo único que brilla.

Ciudad de México, noviembre de 2006

La cita con la periodista Hilda Saray es a las once de la noche en la sede de Radio Educación en Ciudad de México. Mi interlocutora, Nora Hernández me acompaña y haciendo tiempo, mientras esperamos frente al estudio, le hablo de Raúl Núñez. Trato de explicarle quién y cómo era ese argentino de las Ramblas, cómo había aparecido en mi vida. Hace años que no hablo de él y ahora, a diez años de su muerte, lo hago apasionadamente y sin medida, como si al hacerlo recuperara todas aquellas páginas que se quedan en blanco cuando alguien que aprecias desaparece sin dejar ni rastro. Le hablo de su advocación por los beatniks, de Kerouac, Burroughs, Ginsberg, de Cassidy y de la relación de estos con México. Llevo casi media hora hablando de Raúl cuando Hilda me interrumpe para decirnos que ya podemos pasar al estudio. Antes de sentarnos me presenta al técnico de grabación. “Uberto te presento a nuestro técnico... Raúl Núñez”.

Gijón, mayo de 2007

Estoy sentado junto a David González en un bar de Cimadevilla, el casco antiguo de Gijón. Con David siempre que nos vemos acabamos hablando irremediablemente de Raúl Núñez. Parece como si al hacerlo le devolviéramos ese brillo que tienen las personas cuando después de muertas son invocadas, como si al hablar de ellas las conjuráramos contra el olvido. Hablamos de la obra de Raúl, de lo difícil que resulta hoy encontrar cualquiera de sus libros. Le hablo del proyecto para reeditar su poesía completa y de los pasos que estamos dando para que Alfons Cervera, que guarda los libros, y los editores de Baile del Sol, Ángeles y Tito, se pongan en contacto y por fin ese libro pueda ver la luz y así devolver el nombre de Raúl a los anaqueles de las librerías. David insiste entonces en llevarme a un lugar mítico para él, la librería Paradiso. donde compró sus primeros libros y a donde acude puntualmente para alimentar el mono de la poesía. Entramos, y me voy directamente al rincón de los libros de segunda mano. Como si llevara allí años acechando, desde la tercera estantería salta a mi vista “Derrama whisky sobre tu amigo muerto” la edición de Star Books de 1978 que me increpa y consigue encender el misterio de toda casualidad. David aunque ya posee un ejemplar de la novela lo compra como quien adquiere una preciosa joya que habrá de atesorar contra el tiempo, el resto de sus días.

Internet junio de 2007

Entro en internet buscando algún rastro de mi amigo muerto. Al fin y al cabo y pese a su vocación maldita la obra de Raúl, aunque ahora descatalogada, figuró en los catálogos de la editoriales más prestigiosas de este país y dos de sus novelas fueron llevadas a la gran pantalla por reconocidos directores. Para mi sorpresa apenas existen registros sobre Raúl Núñez pero lo que más sorprende e inquieta es la referencia con la cual una de estas grandes editoras se refiere a Raúl: “No existe biografía para este autor”. Como si el tiempo se lo hubiera tragado para siempre, así de simple. Es el epitafio más cruel o genial que se le pueda brindar, según se mire, a quien supo situarse fuera y más allá del circo literario en el que han convertido esta extraña perseverancia del ser humano por contar historias, su propia historia, esa misma que llamamos literatura.