
en julio de 1969 yo era un niño a punto de cumplir los 10 años. vivia con mi familia en barcelona y como mi padre apenas disponía de vacaciones, pasabamos los largos y cálidos veranos en un camping cercano a la capital, "la ballena alegre", en la entrada, dibujado sobre un enorme cartel de madera se distinguía al cetáceo sonriendo y lanzando su chorro de agua azul, recortado por encima del límite de la valla.
yo había nacido a la luna de valencia, a orillas del mediterráneo, de padres igualmente desplazados, con raíces italianas y andaluzas, así que un camping en aquella barcelona de los '60 era el mejor lugar del mundo para que un "charnego y apatrida" como yo nunca se sintiera extraño. me pasé los veranos jugando con niños y niñas holandeses, alemanes, franceses, belgas, ingleses... nadie mejor que los niños para entenderse sin utilizar una lengua común. pasábamos las horas colgados boca abajo en los parques, recogíamos el dinero abandonado en maquinas de tabaco y cabinas telefónicas, lo gastábamos en sacar aquellas enormes bolas de chicle de colores que se hacían eternas en la boca, y espiabamos a los hippies que iban a la playa al atardecer con sus guitarras, sus botelleas de vino y unos cigarros que compartían porque, pensábamos, eran pobres como nosotros.
aprendí que los holandeses cenan cuando nosotros merendamos, que calzan sandalias en vez de chanclas porque usan calcetines en verano, aprendí mis primeras palabras en inglés, friend, you are my friend, y en italiano, la lengua de mis abuelos, va bene cosi, aprendí que los franceses celebran el 14 de julio porque salían en procesión por el camping enarbolando banderas y cantando como si recibieran al mismisimo napoleón, y me enamoré de los ojos verdes de karen, una alemana bajita y morena como la de la canción de sabina, que me partió el corazón cuando una mañana descubrí que su caravana ya no estaba.
aquel 20 de julio de 1969 celebramos mi cumpleaños alrededor de las mesas plegables de colores que servian para comer, estudiar y jugar al parchis en horas de siesta. dejamos por un momento nuestros rifles de plástico abandonados sobre la arena y detuvimos los ataques del vietcong sobre la irreductible hanoi situada tras los servicios de caballeros. recuerdo que mi madre me puso un enorme gorro blanco de cocinero para soplar las velas, mientras la camada internacional de amigos coreaba como podía la canción del cumpleaños feliz.
mi padre llego a cenar, me dijo que esa noche sucedería algo que nunca olvidaría, decía que los americanos llegarían a la luna y que nosotros podríamos verlo porque la televisión lo iba a retransmitir.
con mis diez años recién cumplidos pensé que se trataba del mejor regalo con el que nadie pudiera obsequiarme. no importaba si aquello era importante o no para el resto de la humanidad, sucedía el día de mi cumpleaños y mi padre me lo traía como un secreto entre él y yo, algo mágico y excepcional que seguro si sería importante el resto de mi vida.
me quedé dormido esperando el "alunizaje", con la cabeza apoyada sobre sus piernas. y en mitad de aquel sueño mi padre me despertó emocionado y sobresaltado y pude ver las imágenes en blanco y negro de un astronauta pisando la blanca superficie de la luna, esa escena quedó grabada en mi memoria como si fuera parte de mi propia historia, y de vez en cuando se repite o alcanza su realidad cuando la relaciono con cosas que aparatenmente no tienen nada que ver con ella, como cuando escucho "heroes" de david bowie o "imagine" de john lenon, cuando algún gato me sostiene la mirada, al sentir la brisa del mar sobre mi rostro, o cuando voy conduciendo por carreteras secundarias, o al entrar en iglesias en las que ya no rezo, un sinsentido que todavía guardo como misterio que nunca quiero que deje de ser.
un mes después de aquello los hippies se reunireon en woodstock, miguel rios seguía cantando "el himno a la alegría" y yo me examiné de inglés y matemáticas, la guerra de vietman seguía en su apogeo, karen nunca regreso y yo pasé de curso.
3 comentarios:
Yo vivía en un camping que se llamaba La Albufera: allí saltaba de barca en barca en el canal y cogía ranas, culebras y parotets. Luego dormitaba sobre las aguas, balanceándome bajo un imponente sauce llorón. Allí fue donde me regalaron la Casa Abierta de los invisibles, también en mi cumpleaños. Tenía seis años y el pelo corto, rubio y rizado como un angelote. Luego vinieron muchos campings, muchos niños de ojos verdes, marrones, azules, de lenguas extrañas y comprensibles. Demasiadas parcelas desiertas a la mañana siguiente. Que tengas un buen alunizaje, Uberto. Dale un beso a la luna de mi parte.
Hermosa historia la que cuentas, Uberto.
Como tú dices, qué bello regalo de cumpleaños.
¡Enhorabuena y... felicidades!
Uberto, tratando de conseguirte me encontré con tu blog, ya me doy por vencida. Te mandé un correo a uno en hotmail. Pero por si no existe, aquí te mando el mío: mmillanvega@yahoo.com, es para saber si estás organizando lo del encuentro en Huelva con escritores del Caribe.
Bueno, te cuento que inspirada por ti, acabo de abrir mi blog. Puse una foto y escribí la historia detrás de la misma. Yo tenía un año más que tú cuando llegaron los lunáticos a la luna. Hoy sabemos que hay todo una reinvención de esa historia. Felicitaciones por tan interesante blog, lleno de amigos y bohemia. Qué envidia.
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